Las Afinidades Electivas inicia en Argentina en el año 2006 creada por Alejandro Méndez. Es una antología en crecimiento exponencial siendo replicada en varios países de nuestro continente y en Europa. Difunde la poesía viva en forma libre y sin discriminación. Si quieres participar, es muy fácil; al ser mencionad@ por un@ poeta, envía a: mendia.gladys@gmail.com lo siguiente: una foto (máx. 50 KB); 5 poemas (indicando título y referencias editoriales, en el caso de tenerlas); una breve reseña personal y una lista de 5 poetas viv@s (incluyendo sus emails) con los que sientas la misma vibra.

miércoles, 3 de julio de 2013

SANTIAGO ACOSTA (San Francisco, 1983)


Santiago Acosta ha publicado el poemario Detrás de los erizos (Ganador del V Concurso para Obras de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores, 2007) y la plaqueta Caracas (Buenos Aires, 2010). En San Francisco, California, es codirector de Canto: A Bilingual Review of Latin American Civilization, Culture, and Literature. En agosto de 2013 comenzará estudios de doctorado en Columbia University, Nueva York. En Caracas editó, junto a Willy McKey, la revista de poesía El Salmón (Premio Nacional del Libro, 2010). Lleva el blog http://detrasdeloserizos.blogspot.com.

Nombra a:

Willy Mckey

José Delpino

Adalber Salas

María Alejandra Rojas

Claudia Sierich




CARACAS



Amo la basura, porque la poesía vive ya con la basura.
MANUEL VILAS



Mira qué grande cómo las avenidas
lamen los hocicos de los aeropuertos.
Mira esta ciudad de historia nueva, de mujeres y hombres nuevos.
                        Dime si no es grande.
Caminamos junto a los edificios, les rezamos,
les pedimos la eternidad, la chispa de la locura. Les debemos
la espiral negra de los estacionamientos, los cincuenta motores
que cada mañana nos elevan con sus ladridos perfectos.

Mira qué grande. Cómo me gusta esta ciudad.

En San Francisco me cansé de la misma sonrisa idiota
repetida en todos los rostros.
Nueva York es un espanto agotador,
un martilleo cruel en las costillas.
Ni en Buenos Aires, ni en Bogotá, ni en Madrid,
vi árboles tan saludables.
Barcelona es un mito, una ciudad simulada,
un pasillo de bohemios malnacidos que se ahogan en el mar.

Yo amo el amor asesino de los motorizados, los taxis piratas,
el temblor agridulce de los camiones de basura a las 12 de la noche.
Amo el aire acondicionado de las salas de espera
(su rumor de basso continuo), el llanto áspero de los bebés,
el estruendo de los patios a la hora del almuerzo.
Amo las braguetas abiertas de los mendigos en las ferias de comida,
el himno pastoso de la mugre,
las oficinas inflamadas y transparentes cual supernovas
            que nublan el vacío como el halo amarillento
            de los postes de luz.

Adoro el miedo
carburando en las aceras con su elasticidad repentina en la
luz rota del amanecer.
Oh miedo, mi único proyecto, mi última fiebre.

Leyendo a La Loca mientras espero que termine de llover,
recuerdo a un viejo amigo que murió apuñaleado
en la Semana Santa del año 2017. Pero él mismo se lo buscó, sí señor,
por no saber lo que es un psicópata,
qué clase de carros manejan,
qué armas llevan con ellos todas las noches,
qué son capaces de hacer si los miras a los ojos,
qué significa si aceleran a todo dar.

Caracas, estoy detrás de tus rodillas, con la joroba llena de dolor.
Yo era para ti. Acércate y calma mi dolor, acaricia mi pelo.
Este es nuestro tiempo, pero te haces vieja,
lo dicen todos mis amigos, mis amigos derramados,
descuartizados por todo el planeta. Mis amigos lejos de ti y de mi corazón.

De mi supremo ojo saltan monedas, de mi supremo amor
cae el peso de tus ruidos industriales. Eres
una autopista dorada, el mármol negro de la aceleración.
Yo soy tu órgano rojo.

Odio los amaneceres, odio la brisa y la luz de la mañana,
su nitidez intacta que pretende burlarse de mí.
Esta es mi lanza, esta es mi bicha —digo como Arquíloco—,
apoyado en ella bebo y con mis músculos desafío a los barcos.
Así espero (esperamos) durante siglos
la llegada del fantasma de Dios,
el más evolucionado de todos los simios,
oh Cristo verde, mutante resucitado que vendrá a incendiar nuestra ciudad
pero yo le partiré la cara.

¿Qué cosa es la ciudad?, ¿nos interesa a los poetas?
¿Habrá ciudades después de la muerte?
¿El cerebro es como una ciudad?

Las paredes laten con firmeza, se calientan.
El futuro es un pozo de negaciones, una cifra escrita en la vigilia,
una vena que no brota... Estamos locos,
pesa el intestino bajo los ojos, pesa la cáscara del desaliento,
el hastío nos revela el pulso concreto de las cosas
y en el torpor de la noche comprendo que soy varios poetas,
                                               3.05 am, ahora entiendo
que soy
mis dedos poetas
mirando como yo una pantalla luminosa, bebiendo como yo,
masturbándose como yo en la noche ciega de Caracas.

Mira qué grande, qué bonito.

Bajo este cielo justo nos tumbamos, estamos tumbados,
y en nuestras manos se hincha el glande robusto de la felicidad.





IRSE

Bendícenos, Señor, a los que tenemos poco tiempo y mucho futuro.
Tienes que complacernos, Señor, porque así somos,
impacientes y desvergonzados. Porque hemos sufrido.
Ya sabemos que no todo es estar drogados en las montañas,
no todo es hacer mapas de nada y pensar en la nada y sentirse vivos.
Lo hemos aprendido por las malas, Señor. Hemos cambiado,
hemos comprendido. Bendícenos, Padre,
a los enemigos de la esperanza,
a los que nos fuimos, a los que renunciamos,
a los descerebrados por el virus del miedo,
a los que sólo vemos en el presente la escoria del mañana.

Me duele la mandíbula cuando recuerdo lo pequeño que era mi país.
Mi país era una diosa de cemento a la orilla de un río envenenado.
Era jugos vaginales, paisajes degollados, intermitencias.
Yo creía que mi país estaba en mi cuerpo
pero mi cuerpo es incorruptible y no hay país que sea un cuerpo.
            ¿Recuerdas, amor, todos esos días viajando solos,
mirándonos a través de ventanas que no eran nuestras?
Sólo había que resistir un poco más,
sólo teníamos que olvidarnos de nosotros.
“Ya tengo en mí los pasajes. Ya tengo en mí tu pared de calma.
Hold on, darling, you’ve got to hold on”.
Mi país es el poema más grande que he escrito.

Esta ciudad me hace sentir hambriento, todo me acelera el corazón,
cualquier cosa me encandila durante horas.
Ya no soy el tipo paciente de antes.
            En Union Square me he sentido un ácaro industrial,
un parásito de hierro manchando de óxido
la entrada de una boutique.
He llorado, he estado ciego, estuve en coma, puedo jurarlo.
Esta ciudad me hace adorar la falsedad y la cólera.
Camino en la noche y lo quiero todo, quiero el mal,
quiero la sangre de la vida. Ya no me controlo,
odio mucho, odio con glamour. Soy la mitad de un fantasma
pero el mundo me sigue ofreciendo la vida.

Irse, porque no soportamos el silencio del Sol,
la carne indiferente del universo.
Irse, porque lo perderemos todo si no nos partimos los huesos.

Ocean Beach. 
Hay barcos formidables deslizándose detrás de la bruma.
Duele seguir con la mirada esos ángulos rectos, los rojos containers.
            En la orilla hay cuerpos transparentes, látigos verdes, hay
dementes entre las olas que agitan los brazos como babosas de mar.
Salivamos. Huimos. Sólo pienso en salvarme, no en hacer caminos.
No hay caminos, hay cosas pasando, ruido.
Mis oídos no soportan el alarido de los rieles
cuando atravieso la bahía.
Las grúas se iluminan, la bahía se ilumina.
Así son los puertos de Oakland. Blancos. Lejanos.
Veo esas cosas y enloquezco.

Irse, querer cualquier cosa, despertar con un agujero en la mano
y sentir que llevamos 29 millones de años
esperando el gran meltdown. Un final bello, monstruoso.

            Estaremos bien, no nos perdamos.
Nuestras crisis son las mismas
y todas las ciudades se caen a pedazos.
Escúchenme, lo diré una vez más: todas las ciudades
se caen a pedazos, sólo permanece el deseo.
Mi deseo está ahí, deseándome como loco.
Me encanta distinguirlo, poseerlo, recorrerlo.
Lo violaría con ruido,
sintiendo en mis manos su carne tibia, su extensión sedienta.

            Bendícenos, Señor, a los que te hemos traicionado.
Sálvanos de la pobreza, sálvanos de la desesperanza.
Sálvanos, Padre, de Barcelona, sálvanos de Madrid,
sálvanos de San Francisco, de Nueva York,
sálvanos de Buenos Aires.
La beatitud no es más que un sueño violento,
pero tu salvación es puro misterio,
un gueto abandonado que hemos venido a poblar.

La costilla de la ciudad es un viento gris.
Los barcos se frotan como gatos, se untan de almizcle.
Quise buscarte entre la arena
y me quebré en dos como un pez verde.
            Dime qué somos, amor, fuera de los barcos,
“soles pacíficos, mujeres de piedra”. Todo es brillo,
no saber lo que se dice,
perdernos en la ciudad todos los jueves, extáticos,
buscando una planicie, lugares anchos para respirar y redimirnos.


Poemas de Detrás de los erizos (2007)

No te arranques de tu curso detenido

Quédate donde el aire se cría delgado

Que el largo tensar la cuerda
bajo las esponjas del día
sea el único paso que lleves en la boca.




* * *


Siempre que atravieso tus pasillos
me alcanza
un puñado de ventanas nerviosas

Al fondo vigila una lámpara
negra como una garza de tinta
que se eleva entre sillas
y santos

Sentarse ahí es el asma hundida
bajo un techo que finge crecer.



* * *


Entre las muelas de la tarde
crece la piel
de los nunca delatados
incendios

Mandíbula
único arco que se inflama
también tengo que llevarte.



* * *


En el cruce de las hazañas
y los llamados tardíos
algo detiene la red
que ensayas
frente a mi tropa de mártires

Bebedero de carroña
no vengas si traes
algo más que tus escombros.



* * *


La Canal


Dime qué es lo que jadea
detrás de los erizos

Cuál es la fruta oscura
que despierta
en la piel de esa torre de algas

Cuánta es la sal que se acerca
para romper el oído
de quien ya no insiste
en el espeso eslabón del aliento.




* * *


En el ruido
retrasa tus ojos

Saldrás del cruce
de rodillas
y sin sombrero
pero con la blanca
manera de soltar hacia arriba
tu mano abierta.






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