Las Afinidades Electivas inicia en Argentina en el año 2006 creada por Alejandro Méndez. Es una antología en crecimiento exponencial siendo replicada en varios países de nuestro continente y en Europa. Difunde la poesía viva en forma libre y sin discriminación. Si quieres participar, es muy fácil; al ser mencionad@ por un@ poeta, envía a: mendia.gladys@gmail.com lo siguiente: una foto (máx. 50 KB); 5 poemas (indicando título y referencias editoriales, en el caso de tenerlas); una breve reseña personal y una lista de 5 poetas viv@s (incluyendo sus emails) con los que sientas la misma vibra.

jueves, 30 de mayo de 2013

FERNANDO VANEGAS (San Cristóbal, 1993)


Fernando Vanegas (San Cristóbal, Táchira, Venezuela – 1993). Estudiante de Español y Literatura en la Universidad de Los Andes. Ganador del Primer Concurso estadal Juvenil de Cuentos (Táchira, 2010). Es integrante y cofundador del colectivo literario Los Hijos del Lápiz. Fue invitado al Primer encuentro Literario de Jóvenes Creadores (Falcón, 2012), y al Festival de Poesía de Maracaibo (Zulia, 2012). Ganador del Concurso de escritores noveles de la editorial Simón Rodríguez en la mención de cuento con Cuadrilátero (Táchira, 2012). Obtuvo una mención de honor en el Concurso de cuento de los Circuitos culturales 2012 de la Dirección de Cultura del estado Táchira (Táchira, 2012).

Selección por Gladys Mendía del libro Parecido a la vida (en proceso de edición).

Diario de mis amigos

“…ellos le amaron asimismo
más que a sus mujeres y a sus amantes y que a su patria,
porque la patria son nuestros amigos –no son unas piedras–.”
Jotamario de Cali – Jaime Jaramillo Escobar.

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Yo tengo un amigo, más un amigo, y juntos, ellos y yo tenemos una fiesta. Juntos, ellos y yo hemos peleado hasta perder las manos, hemos gritado como si alguien nos estuviera escuchando, como si de verdad fuéramos muchos. Mis amigos no son quienes escriben porque quien escribe, escribe solo. Son quienes vomitan y bailan, quienes tienen un carnaval de poemas saltando en la boca. Ellos no creen que en el poema esté la salida porque saben que no hay tal cosa. Creen en la verdad, en los extraños que nos hablan como hermanos, en el futuro, en el recuerdo de los maestros que nunca nos conocieron. No se matan el hambre con libros por amor al poema, no dejan su juventud entre la página por amor al poema. Mis amigos y yo nos vamos quedando en el camino, en este camino, al que saltamos sin elección.

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Ahora puedo irme caminando fuera de los límites de la ciudad, saltar los vertederos de basura de las autopistas, ya puedo salirme de los extramuros, más allá de las banderas, de llegar andando despacito a un desierto donde no tenemos nada sobre el cuerpo, donde nos vamos quitando la ropa despacito, como los pasos, donde llegamos y queremos quedarnos. Mis amigos y yo queremos reunir a todas las mujeres que nos amaron algún día y sentirnos amados, queremos volver  sobre tantas manos abiertas; reunir a las mujeres que amamos y borrarles la cara con un pañuelo húmedo y limpio. Y dejar de amarlas  para que el amor entre en nosotros.

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Habitamos en una casa que queda vacía por las noches, cada uno en su habitación, cada uno en la de otro. Mis amigos y yo nos embutimos en un cuarto con una ventana gigantesca que da a  la oscuridad y a la brisa, y yo quiero irme, despertar, pero ellos no existen sin mí, por eso me alargan un brazo y ponen sus manos sobre mi mano, por eso me miran de lejos y ponen mi mano sobre una espalda desnuda y caliente  para que no me despierte; para que no me vaya. Vamos hilando una historia sin testigos que sólo nace porque quiere ser contada y repetida de boca en boca hasta mancharse y no ser la misma. 

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Mis amigos y yo sólo somos amigos de noche, de día la casa se desvanece con el sol, y  nos vamos yendo de uno a uno. Siempre hay que irse.

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Estamos sordos, la música no se descubre frente a nosotros, por eso nos refugiamos en el poema, porque el poema es capaz de sacarle un ritmo hermoso a los dobleces de la vida sin importar el ruido ni los gritos. El poema se vuelve entonces una bala dormida que sin querer nos lleva con ella. Una bala dormida y fría que amenaza la cabeza de los transeúntes que pasean llenos de ternura por la madrugada. Mis amigos y yo, cobardes como pocos, ostentamos la excusa del poema ante el mundo, lo levantamos como una muralla impenetrable, pero el poema y el mundo se dividen y nosotros quedamos en la mitad, sin vida, sin poema, sin madrugada, sin música.
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Mis amigos y yo, cobardes como pocos, sabemos que el poema nos mira y nos amenaza.
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Es tarde para irnos pero temprano para llegar. Cuando estemos de regreso el tiempo habrá corrido lento y parecerá que nunca nos fuimos. Mis amigos y yo queremos que nuestra partida resuene como un accidente, queremos fuego y escombros luego de la despedida, pero eso no pasa y nos vamos en silencio, callados y consternados por la facilidad con la que olvidan quienes quisieron querernos. Por eso pensamos en el regreso, aquí ya todo es oscuridad y al llegar el sol habrá salido otra vez, el miedo a la noche no será más que un viejo recuerdo. Queremos aguantar antes de rendirnos, aunque renunciemos, queremos que el final se aleje, que nos deje un poco de aire, que nos permita respirar.
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Mis amigos y yo, amantes de los caminos, andamos tarde tras tarde por carreteras descuidadas, escogimos el camino equivocado porque no queremos llegar a tiempo, y nadie puede culparnos,  nosotros  gastamos nuestra culpa hace años.
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Si acaso quisiéramos escribir sobre un cielo negro y estrellado, subiríamos por el aire y pintaríamos el cielo, haríamos con las manos un cielo negro y estrellado para poder escribir sobre él. Mis amigos y yo queremos que caiga una plaga sobre la tierra para poder escribir sobre la pobreza, queremos un toque de queda que llene de miedo los pueblos para poder escribir sobre el miedo, queremos un apocalipsis portátil e inmediato para poder escribir sobre el final de las cosas. Con la verdad bien puesta, vamos viajando de ciudad en ciudad haciendo más ancha la sonrisa y el rumor que nos precede, que llega antes de nosotros y nos deforma la cara. Vamos peleando en nombre de la honestidad, perdiendo en nombre de la honestidad. Caminantes perezosos y borrachos valientes, escribimos de la vida porque la única certeza que creemos tener es la de haber vivido.

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Tenemos una herida, que es en todos diferente. A veces morena y blanda, a veces rubia y caliente, a veces fría, pequeña, y afilada. Una herida que no conocemos porque cambia de cara cuando volteamos la mirada, porque aprende a lastimarnos cuando ya hemos descubierto que el dolor es cosa nuestra, una herida sabia y larga, ancha como el pecho de mis amigos. Nuestra como las madrugadas lluviosas que se van colando entre los edificios de esta pequeñísima ciudad que bautizamos a diario con el sudor de caminatas infinitas e insensatas. Mis amigos y yo tenemos los pies heridos, los labios heridos, los dedos heridos, los ojos heridos, gastados, ahumados, usados, vueltos al revés para que luzcan limpios, por eso nuestra herida amanece siempre con un nombre diferente, por eso no la conocemos, porque nos conoce mejor que nosotros, porque si queremos gritar aprenderá a cortarnos la garganta, porque si queremos llorar aprenderá a quemarnos las mejillas. Tenemos una herida, que es vieja y astuta, que se aleja entre la gente para cogernos por sorpresa, que se parece tanto a la vida que no sé dónde termina la una y comienza la otra, que no sé dónde terminan mis amigos, mis heridas y yo.
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Escríbeme de tus ventanas y de tus puertas, háblame de tus ventanas y de tus puertas, ábreme tus ventanas y tus puertas, sonríe como si yo fuera todos, y seré todos para ti, y seremos miles para ti, mis amigos y yo.
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Que no me hable del infierno quien no ha visto su nombre acompañado por navajas, quien no ha volteado a mirar a un visitante como si fuera la muerte misma, quien no ha caído dormido abrazado por los últimos rayos de los postes. Que no me hable del infierno quien no se ha perdido entre una tristeza infinita y ajena, quien ha perdido su propia tristeza y cuando escribe no se encuentra entre las líneas. Que no me hable del infierno quien siga con vida, que no me hable del infierno quien conoce la calma, que no me hable del infierno quien no reconoce el asco en las alargadas caras de la familia, quien no ha cruzado la mirada con la vergüenza y el miedo. Que no me hable del infierno quien ha estado en él, porque el fuego no es el mismo. Que no me hable del infierno quien tiene el tiempo dividido en horas perfectas, que no me hable del infierno quien llega siempre a tiempo. Que no me hable del infierno quien no se ha descubierto en medio del amanecer con la memoria intacta y los bolsillos vacíos. Que no lo haga, que no me hable del infierno quien no tenga amigos como mis amigos y los vea desaparecer como yo los veo.
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Cuando uno de mis amigos está tristón es porque tiene la tristeza mojada, no importa de qué, pero mojada, la tiene desteñida, blanda, maltratada, una tristeza que no da para más, que no acaba con el mundo, pero que basta para ponerlo triste, un poco triste, tristón, como están mis amigos a veces.
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Nos sentamos en círculo porque el viento viaja en círculos y el humo sigue al viento. Nos pasamos la palabra de boca en boca al mismo ritmo en el que gira el último soplido que dio uno de mis amigos. Nos sentamos en círculo una noche cualquiera acompañados por cualquiera de ustedes, y vamos cayendo uno a uno, incapaces de abrir los ojos, viajando, volando, llorando, corriendo cada uno por veredas distintas que se encuentran al final. Vamos cayendo, mis amigos y yo con cualquiera de ustedes. Nos metemos en los sueños de otros como una sola esperanza abierta mientras acaba la noche. Por eso nos sentamos en círculos, porque el viento viaja en círculos y el humo sigue al viento y nosotros lo queremos seguir a él, queremos despertar juntos y mirar en la cara de los demás el recuerdo de un viaje.
                                                                         *
Nos miramos y nos decimos que en un par de horas caeremos entre la grama y la tierra, lo sabemos y no nos importa porque queremos estar borrachos como si siempre nos doliera algo, porque todas las noches nos rompemos el corazón para poder beber sin vergüenza alguna. Mis amigos y yo, aprendices de cadáver, escupimos agua ardiente en nuestras cicatrices para que se abran y nos dejen escribir una vez más.
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Demoramos el llanto, las lágrimas. Dejen de llorar, nos dicen los viejos amigos, los de antes, los que saben que todo acaba y no quieren decirlo. Demoramos el llanto, las lágrimas. Luego de llorar nos vamos, le sacudimos el polvo a nuestros hombros y volvemos a casa. Demoramos el llanto, las lágrimas, para no irnos, para estirar el final.
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No sé si algún día pueda dejar de escribir este poema, porque no importa que mis amigos ya no sean mis amigos y que ya no estén conmigo. Siempre tendré mi memoria, siempre tendré la frente sudada por el esfuerzo de levantar amigos como los míos de entre las ruinas, y de la memoria saldrán historias puras y limpias. Nos hemos estado yendo desde el principio, desde hace años vimos como acabaría todo. Mis amigos y yo sólo somos amigos por las noches y después de todo no supimos conocernos más allá del dolor y la tristeza de estas historias.



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