Las Afinidades Electivas inicia en Argentina en el año 2006 creada por Alejandro Méndez. Es una antología en crecimiento exponencial siendo replicada en varios países de nuestro continente y en Europa. Difunde la poesía viva en forma libre y sin discriminación. Si quieres participar, es muy fácil; al ser mencionad@ por un@ poeta, envía a: mendia.gladys@gmail.com lo siguiente: una foto (máx. 50 KB); 5 poemas (indicando título y referencias editoriales, en el caso de tenerlas); una breve reseña personal y una lista de 5 poetas viv@s (incluyendo sus emails) con los que sientas la misma vibra.

viernes, 26 de abril de 2013

Néstor Mendoza




Néstor Mendoza (Maracay, Venezuela, 1985). Es licenciado en Educación, mención Lengua y Literatura por la Universidad de Carabobo. En el 2011, obtuvo el IV Premio Nacional Universitario de Literatura con el libro Andamios, publicado posteriormente por la Editorial Equinoccio (2012). Cursó estudios en Literatura Latinoamericana (Upel-Maracay). Forma parte del comité de redacción de la revista Poesía (UC) y de la comisión de cultura de la Feria Internacional del Libro de la UC (FILUC).  Sus poemas han aparecido en las publicaciones electrónicas Sol Negro (Perú), Los Poetas del 5 (Chile) y Las Malas Juntas (Venezuela); en el suplemento cultural “Literales”, del diario Tal Cual;  y en las revistas Poesía (UC) y Alhucema (Granada, España).


Nombra a:

Reynaldo Pérez Só
Víctor Manuel Pinto
Vielsi Arias Peraza
Kevork Topalian
Adalber Salas




Textos de Andamios




PRIMITIVO


Habito una cueva que abre la boca
todos los días para albergar mi carne.
Afuera, existe un hogar más espacioso,
poblado de criaturas con dientes 
y cuellos interminables,
escasos árboles y mucha sed.
Todos ellos me hacen sentir
un pedazo excesivo del paisaje.

En ocasiones, mis ideas van más allá
de la sobrevivencia y el instinto.
Más allá del acostumbrado acto
de cazar, degollar y deshuesar,
de recoger agua en esta olla
que  inventé hace cuatro soles.

Mi hogar es infinito y debe haber
alguien que haya inventado
el tamaño de las piedras
y el color de los animales.

Sólo me limitaré a reconocer
un dios para cada cosa que vea.
A temerle a la noche.
A nombrar cada descubrimiento.



PESCADO


Detrás de la cabeza y los ojos
aún queda un poco de carne.

Si tuvieras tiempo suficiente
entre cada bocado
harías un conteo de las espinas,
de las escamas que olvidaste desencajar.

Debes comer, no dejar sobras.
Imagina que el pez nadó hasta tu plato
olvidando su hogar debajo de las olas.
Imagina que se deshizo del sol,
de las algas,
que ya no va a desovar.
Alimenta tu carne con nueva carne.
El pescado está frito.
No temas.
Si no sangra no hay pecado.





ANDAMIOS


Los andamios elevan y sujetan.
Tu vida depende de su eficacia,
de que conserven la solidez
del equilibrio de los cables.

Te entregas al oficio de sostener
el cuerpo de quien trabaja en la altura.

Advierto tu silueta que se muestra
en el andamio.
Y la mano que se ajusta a la vida
y depende sólo de las tablas firmes
que impiden la caída.

Eres el equilibrista;
quien limpia las ventanas, quien pinta,
quien coloca los ladrillos.
            Crees ser el dueño de la elevación
y de la brisa de las palomas.

Dios es pura altura, dices, y dejas de temerle.



FRAGILIDAD


En momentos de ocio
tocas tu espalda. Es tan débil
la columna, esa culebra vertical
que permanece quieta
siempre, anudando tu cabeza
a la pelvis.

A veces sueñas que alguien
te da un golpe allí,
un golpe seco y preciso,
y  mueres
sin darte cuenta.

A veces una mujer la recorre
con sus dedos
y simula que camina
a través de ellos. 

Revisas las uñas, te sorprende
la media luna que brota desde la raíz;
las venas que trasladan sangre
sin descanso.

Qué fácil se le hace al cuerpo
trabajar en silencio, sostener
todos los órganos.

El cuerpo está hecho
para no durar,
para tocar y ser tocado.




DESCOMPOSICIÓN


La guayaba se pudre
de adentro
hacia afuera.

No quiere desprenderse
de las ramas aunque
su cuerpo sienta
que la tierra hala
su jugo,
que llama
los gusanos y la pulpa.
(Si alguien mordiera
la guayaba
no sabría diferenciar
la suavidad de ninguno.)

Su oficio es estar allí,
alta y confiada,
dejarse perforar por algún pico,
ablandarse antes de caer.




EL PUENTE


En ambos extremos del puente
los remaches petrificados
inmovilizan las cuerdas.

Los paseantes no pierden el tiempo
en detallar los cambios que los años
han marcado en la estructura.

Es el mismo puente: no es necesario mayor
esfuerzo para nombrarlo de nuevo.
Fundado hace cincuenta años,
por personas que probablemente ya han muerto,
mantiene la utilidad de siempre:
debajo, el mismo río sin filosofía,
niños que juegan a ahogarse,
dos muchachos que se tocan escondidos
en la leve corriente para disimular el roce.

Los paseantes van de punta a punta con la
naturalidad acostumbrada.
No hay un asombro que les indique
una nueva interpretación.





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