José
Delpino (Maracaibo, 1981) vive en Caracas
desde 1997 y se dedica a la poesía y al ensayo. Es melómano y entre sus
intereses más acendrados están la poesía, el cine, la tecnología, la
literatura, la divulgación del conocimiento, el teatro y la teoría crítica y
cultural. Su primer libro, Fanes,
ganó el III Premio Nacional Universitario de Literatura (2009) y fue
publicado por Equinoccio en 2010. Sus textos han aparecido en diversas revistas
como Quimera, Letralia, Las Malas
Juntas, El Cautivo, Poesía, Arepa y El Salmón. Actualmente es investigador y profesor de
literatura en la Universidad Simón Bolívar (Caracas) y trabaja en un segundo
libro, también de poesía, que se titula Cercados Rotos (2014-2015). Con cierta frecuencia, publica ensayos, poemas y traducciones
en su blog, Autopista Inmóvil.
Nombra a:
Alejandro Castro
Adalber Salas
Santiago Acosta
Francisco Catalano
Jairo Rojas Rojas
poemas de Cercados-Rotos, 2014-2015
Tecleo / Movimiento detenido
El gesto
indeciso del portero, mientras afuera hacen hilera hombres en abrigo, mujeres
en abrigo, manchados de cal, promiscuamente ordenados por sus rostros,
esperando la llegada de sacos de alimento que resuelvan un largo invierno del
polvo en las entrañas. Gris de utilería. Ciudad de teatro. Caracas/Madrid y
regreso. Teatro de la puerta estrecha. Final de Partida. Opera de los dos centavos.
Jardín de los Cerezos. Dramo. Café de los tulipanes en Chacao. Falsa Europa y
una fila de hombres frente al teatro de los estómagos, y las puntas de los
dedos secos por la guerra de los días. Abrigos gruesos, llenos a reventar de
repuestos para teclas, que al llegar se deshacen en esta habitación de cancelas
de aluminio y santamarías a medio abrir, indecisamente abiertas a la calle.
Todo el gris entra, plomo de teclas, y es la inminencia de un himno mudo, por
la ciudad y los estómagos, por el papel (pulpa o píxel, atento a los dedos) y
su infinito resplandor de nada.
Por el borde del
balcón, el sonido de una Olivetti aceitada que nada por el viento. El desvelo
del adolecente en insensatos ejercicios de mecanografía oficinesca, Educación
para el Trabajo, o en melancólicos e interminables trabajos escolares sobre
geografía o Educación Física. Es torpe el sonido de la Olivetti. Y muere apenas
unos pocos metros después de esta ventana de celosías estrechas, clausuradas al
monóxido de los garajes y playas de parqueo.
El aire está
convertido en pegoste brilloso sobre las cancelas del tórax. Consumo mi dieta
frugal, parado sobre el aire, o echando raíces sobre el tiempo que me excede.
Hay una puerta abierta en mi ojo que conjuro con la mecanicidad tipográfica de
obsesivas combinaciones, exhaustas. Un niño espiando desde el marco de una
puerta pasada la declara o la revienta. Desde alguna habitación de clausura y
descubrimiento temeroso, mis dedos tocan en las teclas puntiagudas, violencias
hacia dentro en la memoria; que se raja como una cabra en sacrificio sobre un
suelo caliente y árido, o sobre un tarantín de palos en algún camino de
Jadacaquiva por el centro pleno de una península polvorienta. Una caravana de
motores calientes atraviesa el polvo de Paraguaná de Lara en la memoria.
Automóviles
detenidos hablan su termodinámica en coma por la autopista: pulpo, araña,
escorpión, sumidero, guaire, llave de paso Capital. (El techo carnoso de un
pulido carro que acelera en la pantalla y al segundo se detiene, imposible).
Bord(e)ada de cauchos va siempre mi estadía en los suburbios. En la esquina,
grasa de luna de un cuerpo partido de perro: olor que no se olvida. Se escuchan
tacones descabezando un zippo por las escaleras. Una mano asegura la gaceta
hípica en el bolsillo rápido por las escaleras hacia el vagón. Y dos hombres se
cruzan en las escaleras, chocan los hombros con su rabia sin ni siquiera
mirarse ni hablar, abstraídos en una meta imprecisa, convertida en glúteos que
proliferan. La falda roja. Un buen culo bien puesto en un bluyín. Agua mineral,
pornografía de quiosco, bolsa de papel estrujada, cuellos preparados, aguakina.
El olor morboso del cuarto de un tío alcohólico. Las alfombras rojas, que
enloquecen minuto a minuto los ojos que nos las miran. La ceguera adaptativa de
los olores, trazando topografías incomprensibles en la miseria del mapa. Dedos
sucios hundiéndose en cera, hundiéndose en helado, en grasa para cocinar jabón.
Vengo siempre de lejos. Escribo las maquetas de un río en cuyas horas
(¿orillas?) no descanso. Publico y leo maquetas de un río.
Escribo palabras
en una república de aire fundada de peste. La palabra —manos sobre hombros
desnudos. La palabra —manos sobre telas imprecisas. La palabra —lenguas sobre
pared fría. Me levanto y camino: Agua alzada: Cocadas en trapecio: Escamas de
pescado cayendo en plena vía: Jugo de naranja en hilillos secándose bajo el sol
de la calle. Todo junto y, abajo, el brillo del carite sobre asfalto. Lhasa de
Sela que suena en el repro de la cocina, mientras repollos morados sueltan sus
jugos en el sartén. El aire festivo, el aire estancado de domingo en domingo,
el calor de agosto y el permanente estruendo motor de la Urbina, extático tras
una corta barrera de árboles y brocal levantado.
Desayunos de
madrugada. Fanáticos tecleos. Ciudadanía de teclas ejercida sin pausa. Ejército
de cuerpos desnudos a las puertas del hambre, a las puertas estrechas de la
ciudadanía de ropas cortas, rotas. La necesidad. Pensamientos lerdos de
madrugada: hierve en una olla la palabra huevo. Hace burbujas de agua
casi seca sobre la pequeña olla. Cae la palabra huevo en el sedimento
calcinado, blanco sobre el aluminio, como un sudor de agua ida, láminas de
hambre alineadas pulcramente. Huevos cocidos para el desayuno, y pan. Horas del
desayuno: personas que trotan de madrugada en mis c(s)ienes: una palabra doble
que se convierte de repente en secuencia interminable, serial. El vestuario en
punto sobre la cama desordenada. La higiene: el mensaje de los músculos en
partida. El loro que repite desde su ventana piropos aprendidos de lejos en el
taller mecánico de la avenida Victoria. La palabra agua. La palabra cal. La palabra suelo.
La palabra masa corporal. La palabra carrito, camionetica, cafecito. El ritual de lo que despierta
y siempre es lerdo, insistente, necesario. Un poema de Vallejo recitado a media
voz sobre la cama, inaudible tras los muros. Muelen los huesos de un perro en
el callejón. Mueve la cola un perro. Aparecen los remos de la cruz sobre la
pared blanca. Los golpes de Dios son mi par de ojos bizcos plantados sobre la
hiperabundancia del tarantín urbano. Puntual, a pie siempre, desde la Urbina
hasta Petare, entre las venas congeladas de la tranca con mi suela. Puntual.
Con prisa. En el gentío.
En mi suela, un
microcirujano mutila lacrimales inútiles. La comarca de las anulaciones está
servida; como ración; sobre el polietileno. 230 puertas abiertas se combinan en
el tiempo para el desperezamiento. El pasillo desteñido de rombos. Papel tapiz
de niños montañeses del Tirol. Papel tapiz de cascadas en la sala de espera de
la odontóloga de la cuadra. Papel tapiz que arranco entre dientes de sueño. Doy
saltos en el tiempo que se raja como el avión entre las nubes raja la presencia
de lo celeste y de lo inmenso. Doy saltos de turbina y aspa de abanico, perdón,
de ventilador. La enfermedad buscada de la memoria. Alguien de cortos años tras
la puerta se masturba con hielo, y tras la pantalla, en los píxeles, un mar de
polvo nieva hacia las sábanas. Lo llaman espera. Lo llaman ociosidad. Lo llaman
lascivia prematura. Quizá sea la mendicidad violenta que siempre ejercemos
sobre nuestros cuerpos. Un ser alegórico que se da la mano todos los días con
su amigo, el morbo intangible. Viene la costra invisible por el cerebro de las
calles atravesadas de mentes. Unos viejos juegan ajedrez en Sabana Grande. Alguna
gente busca municiones que se le terminaron.
Tecleo, mientras
nos aglomeramos en hervideros estáticos, violentos, ociosos, inmóviles. Tecleo
un poco más. Soy ciudadano de teclas, y me escondo de la calle a ratos, pero no
puedo. Fundo plomo / de abrigos / de inviernos ausentes / de hombres en fila / de
teatros estrechos / en áticos de vida. El minutero está rojo-inerte en la
resonante dimensión telúrica del cuerpo dormido mientras yo estoy despierto. Siempre
hay un cuerpo dormido, o roto y despierto, en esta palabra que escribe y que
despierta al filo de la frase con ganas de ayuno. Suena la palabra alba.
Suena fuerte; como un silbido, como un pedo, como el arranque reparado por el
abuelo Miguel o la libación de la gasolina de su boca al carburador abierto /
quemadera celeste, como un mechero negro abierto al cielo. Suena la palabra alba como un pedo. Me despierta y voy
por el desayuno. Decapito entonces la noche, con las noticias del día, y luego de gastar mis
teclas una vez más, me visto, como que jode, preparo mis ojos bizcos, envidia
de lo omnipresente, y salgo a la calle.
Espejo y territorio
Uno mira con ojos de espejo. Uno espera el signo
que abra la puerta de un rostro. El cuerpo incesante siempre es aguijón para la
mente. Tanatorio del presente, que descoloca y desdibuja.
Sucesivos divinos narcisos en su ira pausada de
ser. Sus historias se esfuman de golpe y vuelven en algún punto. Son ríos de
azogue que acarician las piedras. Terciopelos de tiza que desmoronan en su
avance. Dedos en el propio rostro. Sangre de luz blanca.
Uno mira. Forma que nadie escucha del todo, más
allá de los límites del propio cuerpo. Como un mar cuyo sonido ínfimo nunca
llegara a la otra orilla, y quedara rezagado tras las olas. El ritual incesante
es un río propiedad de los narcisos, que discurren tras los gestos, buscando.
Real cordero extendido en presencias.
No hay rostro para la certeza en los gestos de su
cauce. Su deseo impronto. Paso y contrapaso es la certeza. Y qué real es a
veces el cordero: un lance de signos se apodera en territorio, y el sonido
rezagado de las olas es presente empedernido; marca inaudible en la arena,
tangible ausencia, espejo.
Qué real es a veces el cordero: la bestia blanca
que se extiende por los lechos suaves de la piedra. El pedernal magnético que
besa la carne. Y los propios ojo degollados en su alcance hacia el azogue. No
puede saberse si aquello que se escucha son los ecos de las olas, o las olas.
La certeza no es negocio de narciso ni de eros: con qué seguro paso va lo real
por el abismo.
El tiempo, imposible, hecho superficie en algún
punto del Cuando. La fiebre de unos ojos que se cierran; que en el tacto son a
sus anchas. Ojos cerrados y pausa de animales en exilio. Ojos en el tacto.
Degollados. Al espejo.
La certeza no es negocio de narciso ni de eros. Divinos
narcisos secuenciados me convocan. Fotogramas del rostro interminable. No es
que se absuelva en definitiva el sonido rezagado de las olas. Lo real es
siempre aquí, ¿en el territorio de estas líneas?, escritura tiroteada sobre el
cielo. Aves de papel. Escrituras casi estoicas, de sangre, que persisten en su
avance. Las aves migran sordas hoy, en estos tiempos; pero llegan, vendadas y
heridas llegan, al ritual anodadante del tiempo y del nosotros.
A veces, el río de Narciso degüella su cansancio.
La luz de los espejos se diluye entonces entre las venas. Piedra roja que se
lleva entre las manos al sólido ritual de los tactos. Y se vive en el envés,
entonces. Con la propiedad de una sonrisa nada ajada, se entra.
(A
Oriette D’Angelo)
Oídos sucios
Pantalla plana
cae un programa
apocalíptico del canal de la Historia
y hay sangre seca en los costados de la blanca nevera de la General Electric
la saliva de los ángeles
que punza la tierra con su pico de evangelio
por tres noches con sus días,
el evangelio en VHS directo desde Tokio
teorema de ángel y de muerte, la androginia se deshace entre mi
boca, ácida,
como un caramelo certs
que durara algunas horas
Freddie Mercury, en Stone Cold Crazy,
por youtube,
mafia de encaje brillante
bisutería violenta y trash metal incipiente en cuerpo de marica
sonrisa de piraña disecada, pistola de agua y confeti de guillette,
diciendo el tema
del encierro y la locura
del encierro que nos hace a todos delincuentes
diletantes fantasiosos
estetas de la llave y de la reja
transparencia refractaria,
ya duras mis pupilas
el tubo de ver incrustado por la nuca
el pez disecado colgado en las baldosas
la sonrisa de pez seco, la sonrisa de don gato
el basurero de lata
el musical callejón alimenticio
el edificio en los suburbios de algún policial cualquiera
las cosas que nunca se alcanzan
el jamón navideño y la caridad de los asombros, por ejemplo,
la agenda telefónica verde, donde el desorden del bolígrafo
es pura pesadilla de madre
veo Taxi driver
en la laptop
con la cama por el suelo
vendo mi mano con vendas blancas y sin lesión alguna, me preparo
me saco la cédula en la esquina
en los Chaguaramos, entre las palmeras de montaña,
que cada 15 días manotean transeúntes con sus hojas gigantes y muertas
me cédulo en el Túnel de
la Trinidad
en las 3G
en las fronteras universitarias de Fuerte Tiuna
tengo fiebre después de la lluvia y hago muecas en el espejo del baño
roncando de guapo vengo virao de ficticio
rezo
patuco el bravo, Al Pacino y Taxi Driver
repartiendo galletazos detrás de la multilock, con las rodillas gastadas
charrasqueao, cachondeao, compro una navaja
plastifico las portadas falsas de mis discos de Harlow y Willie Colón
pongo un temazo en la sala, de El malo
pampero tranquilo escuchando salsa
veo a la madre que llama
al útero de píxeles
al tópico de los píxeles
que se desgaja de lenguas, ambulancias y festines
en el lugar donde oigo hoy
las quebradas de mi valle avanzar su peste fresca
y estas ranas de mi charco continuo,
que hacen mis noches llevaderas
las noches de los domingos bajo el calor acumulado
en el techo de concreto prefabricado de mi padre
en El Valle
mondo mis dientes con parsimonia y con palillo
como el abuelo
obrero marítimo de la Creole Petrolium Corporation,
viendo El Zorro
Walt Disney re-fundando el pasado hispánico de California a mitad del siglo
XX
veo al padre que llama en la orilla angosta
el tema del encierro y locura
los edificios demolidos
los perros de la lluvia que pierden el rastro
las magnética quimera de suburbios y pedradas
las maquetas de poema / o la maquetas de calle / de río / de ciudad
Cae un programa
apocalíptico del canal de la Historia
un padre huye con sus niños, Cherokee 2017, hacia los campos de centeno,
el asfalto apretado de saqueos
la noche empañada y los pueblos nuevos en la nada de Kentucky
patrullas vecinales y escopetas
la estoica épica del mundo desnudo de ciudades
la procesión de los automóviles abandonados
con la palabra muda en la punta de la puerta abierta
¿cómo Bombay llega
a mi recuerdo?:
negra serpiente del fango
lejana “mujer” dormida
(versos
cocinados al ferviente cliché de un programa de NatGeo)
qué tristes
fantasmas traes, Bombay,
instalada en tu lenta geografía de peste
perturbas,
agitas el polvo sobre el jarrón de rosas, lleno de arena,
en un poema de T.S. Eliot leído sobre la cama
“las pisadas golpean ecos
bajan por el pasillo que no tomamos
y van hacia la puerta que nunca abrimos
hacia el jardín de rosas. Así, mis palabras golpean ecos,
en tu mente”
abres un pasillo en la mirada
abres un vientre que vomita tiempo,
qué tristes
fantasmas traes, Bombay,
instalada en tu lenta geografía de peste
qué tristes paradojas imperiales me vendes:
ahora sobre mi cama:
aquellas mujeres en baile alrededor de la fogata
aquellos maridos que murieron en la India
que enloquecieron con tu fango, Bombay,
con tu pantano inmenso
aquellos padres ingleses
que habitan ahora sobre las praderas de camillas
aquellos huesos
aquellos despojos haciendo bulto
a veces tengo pesadillas
austeras y pastosas
entre los girasoles gigantes, la lluvia y el bosque de cerezos
el juicio de la tala
Kurosawa en VTV
la democracia petrolera que me acuna y me vomita
la marea alcalina del mediodía de los años ochenta en Maracaibo
una procesión de lobos disfrazados
el exilio del niño tras la garras azules
de la lluvia
y las piedra en la frente del hijo de Sundin
La Floresta, Maracaibo
el agua cenital
la cloaca derramada insistente por un par de años
la carcoma de los valles del asfalto
en la espalada sin agua de un puertos árido
el confort y la música para volarse la cabeza
el intercambio de los discos y los casettes, para comer con los oídos
el recuerdo árido del interior
donde no se combate al Capital sino a la espera
el mantra de nuestros aires acondicionados
y el gentío enchufado a cables coaxiales y antenas directas
disparo colectivo sobre cansadas sienes
en la impaciente construcción, de la cápsula de los días
del confort
del paredón de los píxeles
oye
más allá de las ventanas
más allá de las celosías
de las pantallas mudas
(algún poema de Baudelaire cuyo título no recuerdo
quizá pueda ayudar en tal tarea)
oye
más allá de las ventanas
escondidas tras el muro
como en un poema reventado perro muerto sobre la calle de al lado
oye
las bandadas de palomas
viviendo en el culo de los aires acondicionados
cagándose en la altura
y por supuesto
sobre nuestros trajes de graduados,
he aquí que el viento
parte sus mil espinazos
contra el lomo del cemento inabarcable
y mis sueños se repiten sin gastarse
y he aquí que la pezuña de la jauría se lima y se pone monda
y los perro callejeros
duermen fervientes en los pasillos sin gente
donde libros en cajas azules aguardan
un corsa va full por la
autopista
bien apretados, vamos,
y mientras tanto la Mertens baila sola,
dos rones y maní / planta de suela caliente
hombres de collares o de fluxes
mujeres expectantes de los pies
paraísos de dulzura
la vida tira un hueso
la vida vianda un hueso
tiburón de buena suerte, se desgastan las rodillas
el afinque intacto en la memoria
las astillas del regreso
el flamboyán rojo entre racimos de glocks y caserinas
rojo flamboyán y avemaría
santísimo urinario flamboyán
bidet masturbatorio en las colinas
Avenida Lecuna Cicatriz
Solano Casanova de Cuello Blanco en Alto
hacemos oraciones a puerta
cierta
a puerta cerrada
a lámpara encallada en centro
a pantalla en mute
por si todo por si acaso por si nunca
a Rita Indiana embadurnada en plastilina
tomando su cumbia café
cantando al regreso a las patrias desde el norte
y hoy
las palabras vienen hacia mí
se detienen
como la mandíbula del abuelo al boxeo de las 10
o los misiles lumínicos de mi infancia bautizando Babilonia
(Walter, ¿dónde está tu ojo? Walter, ¿dónde está tu ojo?, te pregunto)
hoy las palabras vienen
hacia mí
aviones de papel
para la guerra
Prismacolor Origami War-Painting
cuaderno caribe de recortes de periódico
infografías bélicas
de Panorama
pantalla catódica que eres mi órgano inaplazable de
memoria pérdida
palabras luminosas
para alguien que no duerme
y oídos encerados
amurallados de música
de adolescencia sonora y blindada
“paseo por el
carril de una carcajada nunca última”
porque no era tan tarde,
allá, cuando nacimos
hago sumas de ceros con
dientes afilados
Lavapiés y Reina Sofía, Guernica cliché y Jazz en huertas,
Cosa latina para suecas,
helicópteros recurrentes por el cielo,
Jim Jarmushc en la Laptop para la paranoia inteligente
sedentaria
y los aviones a reacción dibujando humo
hoy hago sumas de ceros
con los dientes afilados
en El Valle, al sur de Caracas
con los dientes buenos, todavía,
y resto los segundos de la noche
prendido a la botella vacía
que siempre tuvo gusto a nada
a la birra
a la sevillana dorada
que fue descontinuada en un segundo
al tercio para salir del cuarto
agua madre de avalanchas
a la botella vacía ya de un Muga encaleta de maleta
de nuevo el tema
el tema del encierro y la locura
contaminado del exceso
de la ruina del todo
de lo que prolifera en esta cáscara extensa que recibe las letras
la palabra luminosa como un estallido en la noche
la palabra luminosa que hace sumas de todo lo que no
llega sobre el teclado
para saber a donde sopan el viento
sobre los muros interminables de Caracas
afilo canciones en la
memoria con tacto relojero
y encajo el tiempo sobre el tiempo
cuando no es posible encajar nada
nada más la pupila encaja sobre sí misma
y no cesa
cae un programa
apocalíptico desde canal de la Historia,
y la llama fría de este hogar
ilumina mi dicha de arroz chino
de cerveza y meditado ocio
de mirar al techo con el televisor en mute
el río de los píxeles que se alarga en mi inconsciente
grabado a fuego frío
a eco de retina
grabando la Historia
su negrura diversa
de bajo robado
de música indigente
para pesebres
para muebles bajo lluvia
música para canchas
para partidas de boxeo a las orillas de la carretera Panamericana
cae un programa
apocalíptico del canal de la Historia
y la Historia distorsiona por los bulbos circuitados
cabeza de medusa que nos dicta el recuerdo
espejo negro
que estira el rostro
nuestro rostro en la secuencia
fragmentaria
de un solo punto afilado que se transmite por los cables
recemos
entonces
una vez más al apagar la pantalla
al colgar los audífonos
al apagar el repro
el toca discos digital
frente al último destellos de la luz
justo antes del stand by
que se quemará toda la noche
sin pausa,
en la nuca y en la espalda
(a Andés Levell)